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TESTIGOS DE CRISTO: John Henry Newman

«Dios mío, creo firmemente que puedes iluminar mi oscuridad. Confieso que sólo puedes hacerlo. Deseo que tu luz disipe mis tinieblas». Oración de Newman, este gran converso, que había nacido en Londres en 1801. Después de termi­nar sus estudios universitarios en Oxford, fue elegido profesor de la misma universidad.

El amor a la Verdad

A partir de 1833 se convirtió en el impulsor de la renovación espiritual anglicana denominada Movimiento de Oxford, no para salir del Anglicanismo, sino para darle un nuevo prestigio: reformarlo para que encarnase el verdadero espíritu cristiano.

Realiza investigaciones históricas so­bre los Padres de la Iglesia (Atanasia, Agustín, León…) cada vez más profundas, y las diversas herejías que combatieron; compara esa situación de los herejes antiguos con la de la Iglesia de Inglaterra en la Reforma: mantenían que ellos eran los verdaderos católicos.

A medida que estudia se va debilitando su fe en los principios teológicos del Anglicanismo. Llega a la conclusión de que la Iglesia Católica romana es «el único rebaño de Cristo», la Iglesia de los primeros Padres. El antiguo odio al «Papismo romano» se convierte en simpatía, y luego en amor. Suspira: «Si hubiese santidad entre los católicos, serían formidables».

Su proceso significa una prolongada lucha interior. Necesita el silencio y se retira a la aldea de Littlemore para dedicarse, con otros seguidores suyos, a una vida semimonástica de oración, penitencia y estudio. En 1843 admite que la Iglesia de los Apóstoles es la de Roma. Antes había tratado de componer un santoral británico, pero descubrió que también esos santos eran Romanos. No hay santos «anglicanos». La santidad fue y es el gran antídoto de la Iglesia ante la corrupción, y no puede avalar una religión nacida en el pecado de Enrique VIII.

De la división a la unidad

Comprende que los dogmas de Trento no son innovaciones, sino el desarrollo normal de la Verdad inmutable: Los culpables fueron los que se separaron. No se le presentaba, por lo tanto, otra alternativa: o el paganismo (hoy diríamos ateís­mo) o el Convertido de mente y corazón, es recibido en la Iglesia Católica en 1845.

Ordenado sacerdote, funda en Birmingham la congregación del Oratorio. Seguirá otra en Londres. Fue Rector fundador de la Universidad Católica de Irlanda: Funda también el colegio del Oratorio en Birmingham. En 1864 publicó la Apología pro vita sua, donde reivindica su sinceridad durante el tiempo que permaneció en la Iglesia Anglicana y al tiempo que defiende a la Iglesia Católica.

Su conversión desencadenó una oleada de conversiones, y también una lucha abierta contra él. Dice: No exis­te sino un nombre y una sede a los que se mire con es­peranza; aquel nombre es Pedro y aquella sede es Roma, y su religión no es distinta al cristianismo de los siglos V y VI«.

Trabajó incesantemente por los pobres de su parroquia de Birmingham, y mantuvo una enorme correspondencia personal en la que ayudó a innumerables personas, católicos o no, a superar sus dificultades religiosas. Mucho tuvo que sufrir pero se mantuvo siempre totalmente leal a la Iglesia.

En 1879 fue nombrado cardenal. A su muerte en se dijo de él que, más que nadie en Inglaterra, había conseguido el cambio favorable de actitud de los no católicos hacia los católicos. Juan Pablo lI le ha calificado como «maestro de la fe y guía en el camino de la santidad».

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