Meditación

5 de febrero

Ss. Águeda (Gadea) v; Pedro Bautista, Martín de la Ascensión, Gonzalo García, Isidoro mrs; Avito, Ingenuino, Albuino obs; Agripino, Agrícola cfs; Alicia (Adelaida, Adela) absa; Felicia niña, mr; Bertolfo ab.

Introito

 

Así como quiso el Señor que la Virgen fuera desposada, entre otras razones, para que el demonio anduviese siempre como atormentado entre dos aguas y no entendiese que aquel hijo era Hijo de Dios, como dice S. Ignacio, así ordenó el mismo Señor que esta purísima doncella, no teniendo mancha y siendo más limpia que los ángeles, se sujetase a la ley de la limpieza, como si la buscara y tuviera de ella necesidad: p

ara que el demonio, que es soberbio, se cegase con esta luz y con este ejemplo de tan rara y profunda humildad (Rivadeneira).

Madre cuya carne es una con Cristo, y por tanto uno es su espíritu y uno su amor. Desde la hora que le fue dicho «el Señor es contigo», irrevocable fue la gracia, inseparable la unidad; y en cuanto a su gloria no hemos de hablar de ella como de una gloria común a entrambos, sino mejor como de una misma gloria (Arnoldo Carnotense).

Meditación: DOS NIÑAS

A un hombre de mundo debemos este relato.

En una de esas casas abiertas a cualquiera, en donde imprudentemente había penetrado yo cierta noche, vi llegar dos niñas. Entre las dos, contarían 23 años.

Una de ellas llevaba una guitarra vieja, y ambas cantan, ambas muy pálidas, ambas muy andrajosas. Jamás adivinaríais lo que cantaban con su hermosa voz melancólica. ¿Romances sentimentales? No ¿Romances guerreros? Tampoco.

Estas dos niñas, diez a trece años, cantaban canciones que enrojecieron mi rostro de vergüenza. Claro está que ellas no pensaban en· que no era posible oírlas sin sonrojarse. Cada canción era acogida con sonrisas de mal género y con algunas monedas de cobre.

Tuve compasión de ellas. Cuando hubieron acabado, y, después de algunos minutos estuvieron enteramente olvidadas, como se olvida un instrumento que para nada sirve, las llamé a mi lado.

-¿No sabéis otras canciones?

-¡Oh, sabemos muchas más!

Y empezaron a recitarme versos peores todavía que los primeros, con una ingenuidad que no me atrevo de calificar de cándida.

Un sentimiento de vergüenza se había apoderado de todo mi ser; clavé mis ojos en los dela mayor y le dije gravemente:

-Voy a referirte una historia: después te daré algunos céntimos.

Empecé:

Había una vez dos niñas y una anciana.

La anciana, que era como un hada, las encontró en el camino que salía de la ciudad un día del mes de Agosto, a mediodía.

-Niñas -les dijo-, ¿queréis ir a buscarme un poco de agua a la cristalina fuente de allí abajo?

Una de las dos niñas hizo una terrible mueca, pero la otra fue a buscar agua en el hueco de sus dos manos y la llevó a la vieja como en una copa de nácar.

-Has sido buena conmigo -le dijo el hada- Pues bien, cada vez que hables, brotarán de tus labios, como de un manantial inagotable, perlas y diamantes. Tu hermana ha sido inhumana. Pues bien, cada vez que hable, saldrán de su boca sapos y culebras.

Y todo sucedió como lo había dicho el hada.

Mientras refería el cuento, tuve constantemente fijos mis ojos en la mayor; y noté en ella una ligera turbación. Luego proseguí.

-Tú, pequeña, di: ¿qué mala acción has cometido, tan niña como eres, para que así salgan de tus labios cuando cantas cosas tan feas y no perlas finas?

Por vez primera empezó a entender algo: se sonrojó, e inclinando con tristeza la cabeza dijo:

-Mi madre me ha hecho aprender a golpes esas canciones.

-¿Y tu hermana? -pregunté.

-No es mi hermana; es la hija de una vecina del cuarto donde yo duermo. Está enferma; su madre le pega cuando entrega poco dinero por la noche; la llevo conmigo, porque en mi compañía gana más; y luego, sin que nadie lo sepa, nos partimos lo que ganamos.

¿Quién era, pues, el ángel del cielo que, en medio de la corrupción hacinada por una madre en el alma de esta niña, había conservado en ella, como una chispa entre la ceniza, la virtud de la caridad?

-¿Y si yo os enseñase otras canciones a las dos las cantaríais?

-¡Oh, sí! -dijeron ambas. Estas me hacen daño en la boca-añadió la mayor; me parece que es malo lo que canto, mas no sé por qué.

¡Benditas almas que Dios había conservado para sí!

-¿Y si os enseñase oraciones?

Las niñas abrieron los ojos como para preguntarme: ¿Qué son oraciones?

Vi en ellas dos almas que salvar; les di mi dirección para que fuesen a mi casa al día siguiente.

La Conferencia de S. Vicente de Paúl pasó una pensión a la madre y mis dos protegidas fueron colocadas en una santa casa, en donde las buenas Hermanas, las enseñaron a orar y a cantar cánticos piadosos.

Y yo, que me acerqué a ellas por pura casualidad, ¡ah, cuán dichoso me sentí por la noche y cuán afectuosamente di las gracias al Señor por haberse servido de mí para encaminar a Él aquellas almas!

Todas las mañanas, a partir de este día, añado a mi oración estas palabras: Dios mío, permitidme que os sea útil, dignaos serviros de mí.

He aquí un gran pensamiento.

Puesto que Dios, en su bondad, quiere tener necesidad de nosotros para la salvación de las almas, ¿por qué no hemos de ofrecemos a Él por la mañana, como un comisionista se ofrece a su principal para hacer un trabajo? ¿Por qué no le decimos con toda la sencillez de nuestro corazón: Heme aquí, Dios mío; tomadme a vuestro servicio?

Oración

¿Con qué género de alabanzas te engrandeceré, Virgen sacratísima? Mi torpe lengua manchada con la basura terrena, siempre inmortificada y nunca purificada en el fuego del altar, sin fijeza ninguna, sin sosiego, ¿qué sacrificio digno de tus loores podrá ofrecerte?… Nadie ni en el cielo ni en la tierra se ha hallado digno de abrir el libro de tus prerrogativas, y levantar sus siete sellos. Porque ¿quién sabrá decir la plenitud de tu gracia, la venida del Espíritu Santo sobre ti, la sombra que te hizo la virtud del Altísimo, cómo encerraste en tu seno al Verbo, y que concebiste sin gravamen, y diste a luz sin dolor y fuiste a un tiempo madre y virgen? (S. Bernardo).

¿Qué nombre puedo darte, Señora, que cuadre a tu grandeza? ¿Con qué palabras podré dirigirme a ti dignamente?

¿Qué corona de alabanzas puedo yo tejer en adorno y gloria de tu sacratísima persona? Te llamaré principio de todo bien, dadora de toda riqueza, prez del humano linaje, gloria de la creación y su alegría cumplida. Al que antes no comprendíamos vemos ahora por ti morar entre nosotros; y a quien antes no alcanzábamos, a mirar, ahora por ti contemplamos sin velo. Abre, oh Verbo de Dios, nuestros tardíos labios; suelta nuestra lengua perezosa y entorpecida y concédenos pronunciar dulcísima y concertada oración. Infúndenos aquella gracia del Espíritu Santo que hace elocuentes a pobres pecadores, y a gente sin letras ilumina con sabiduría que aventaja toda humana capacidad; para que nuestra lengua, con ser torpe y desacertada, prorrumpa en alabanzas que no desdigan con exceso de los inefables merecimientos de tu soberana Madre (S. Juan Damasceno).

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Noticias Cristianas

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