Meditación

14 de febrero

Ss. Cirilo y Metodio; Nostriano, Elecaudio, Abraham, obs; Adolfo, cf;Valentín, Vidal, Película, Zenón, Ammonio, Cirión, Casiano, Agatón, Moisés;Dionisio, Próculo, Efebo, Apolonio, Baso, Antonio, Protolico y Filemón, mrs; Antonio, Auxencio, Marón, abs; Juan Bautista de la Concepción, pb. trinitario; B. Conrado de Baviera y Ángel Gual, mjs; Cristina Visconti, v; Ángel Tancredi, fr.

Introito

Cosa cierta es que la Virgen Santísima no ignoraba la causa por que el Hijo de Dios se había hecho hombre en sus entrañas, que era para redimir el linaje humano con acerbísimos tormentos, con el derramamiento de su sangre y con la muerte en la cruz.

Y de aquí se despertaba en la Virgen una grande admiración y ardentísimo amor: porque con la luz que el Espíritu Santo le comunicaba, conocía bien la alteza de la Majestad de Dios, la pequeñez y vileza de los hombres, y la acerbidad de los tormentos que por ellos había de padecer; y confiriendo entre sí estas cosas, sacaba la grande caridad de Dios, y el inestimable beneficio que se hacía a todo el género humano, y la parte tan aventajada que ella tenía en él. Y a este conocimiento correspondía en su casto y humilde corazón un profundo agradecimiento y fervorosísimo amor de Dios, y no menos una grande y encendida caridad para con los mismos hombres, a los cuales veía que había Dios estimado en tanto, que por su remedio entregaba a su Hijo a muerte tan ignominiosa y acerba: y de aquí nacían aquellas entrañas de misericordia y piedad con los miserables pecadores.Y aquí debe estribar también nuestra esperanza,que nunca se ha de cansar de abogar por nosotros: pues en fiacer nuestro negocio hace aquel por que su·Hijo vino al mundo, y se logra .el precio de su redención y la sangre que derramó por nosotros (P. Luis de la Palma).

Maravilla tan singular que no hay tiempo, ni pasado ni porvenir, que pueda conocer otra mayor ni más excelente (S. Juan Crisóstomo).

Ancho y espacioso mar adonde entran todos los ríos, todas

las excelencias de los santos. El río de la gracia de los ángeles entra en María. El río de la gracia de los patriarcas y profetas entra en María. El río de la gracia de los apóstoles entra en María. El río de la gracia de los mártires entra en María. El río de la gracia de las vírgenes entra en María. Finalmente, todos los ríos entran en el mar, esto es, todas las gracias entran en María (S. Buenaventura).

Meditación: COMO DE UN VIENTO FUERTE

Señor, haced que vuestra gracia estimule y me haga comprender el misterio del viento. En cristiano quiero yo observarlo hoy desde mi ventana; mientras todas las hojas de un árbol del jardín se estremecen, allá, dulcemente a su paso.

Vos conocisteis la brusca cólera del viento en el lago de Genezaret, cuando echaba el agua en oleadas sobre la barca donde dormíais. Vos le mandasteis callar y tranquilizarse; y los apóstoles, estupefactos de tal obediencia, os miraron sin comprender.

El viento fresco de la noche de Oriente murmuraba en el follaje cuando dijisteis a Nicodemus que nadie podía conocer su pista vagabunda, de la misma manera que no se puede señalar el camino trazado de antemano a los nacidos del Espíritu. Este mismo Espíritu sacudió como una formidable borrasca los cuatro ángulos del Cenáculo, la mañana de Pentecostés, de la misma manera que había alentado sobre las aguas primordiales antes que la tierra emergiera de los océanos caóticos. Y oigo en las páginas del Libro Santo el ruego de la Esposa pidiendo a los vientos tibios del Sur pasar por su jardín a la tarde y mezclar toda la embriaguez de sus perfumes.

Yo sé que todo lo creado no es más que un camino y que pararse en la ruta es condenarse a no llegar a ninguna parte; no cometeré la locura de aquellos que toman la exaltación poética por la verdadera oración en espíritu y verdad; pero tampoco quiero renegar de vuestra obra y rehusar encontrar en ella vuestra presencia y vuestra acción. Entre Vos y yo, Señor, no hay distancia; entre el Creador y su Obra, no hay abismo que colmar. No me engaño encontrando vuestro poder en el soplo del viento, y cuando la brisa o la tempestad pasan sobre mi cara; cuando las borrascas de otoño barren las hojas difuntas de todos los ramajes, sé bien que vuestra Providencia opera en este mundo que habéis creado, y os adoro en silencio. No es el viento lo que adoro -¡cuál no sería esta demencia sacrílega!- sino a Vos, a Vos que os manifestáis y os daisa entender a los corazones atentos en el huracán impetuoso y en la brisa acariciante.

Si interrogara como conviene, el viento me contaría algo de vuestro misterio eterno. El viento de las cimas nevadas y de los callejones al pie de las catedrales, el de los cometas y el de las tempestades marinas; el de las regiones boreales y el de los desiertos abrasados; el de los tifones destructores y el de los pétalos de primavera. Es universal; no se para en fronteras políticas; nadie le ha podido confiscar y captar la fuente. Es de todos, es para todos; no olvida una sola cabecita de anémona en el bosque, ni un vilano en la llanura. Es como vuestra gracia, que utiliza en su marcha invisible todas las fisuras, y se aprovecha de todas las entradas. Los paganos habían hecho de él un dios; los sabios no ven en él más que una agitación, una «corriente» anónima, una «cosa» que no merece siquiera este nombre. Yo no estoy obligado a escoger entre estas dos sabidurías. No me permitáis zozobrar en la triste atonía de los que, habiendo vuelto la espalda y cerrado los oídos a vuestros esplendores, ignoran las fuentes de alegría que vuestra bondad ha preparado para vuestros fieles. ¿No reconoció el viejo Elías, el profeta, vuestra presencia soberana en un soplo de brisa?

Oración

Tú, Señora, eres gala de los cielos, maravilla de los ángeles, toda un prodigio, toda una cosa jamás vista. Eres cifra de los·caminos del cielo, epílogo de nuestra fe, joyero de la esperanza en las almas de los fieles. Entre Dios y el hombre estás como tabernáculo de la viva alianza, y eres no sólo aquel propiciatorio que los querubines cubrían con sus alas, sino el Santo de los santos de toda la Trinidad beatísima. Porque tu fruto es aquel en quien están todas las bendiciones. Tú eres bendita sobre todas las mujeres, y es bendita tu maternidad, y son benditas todas tus palabras, y tu honestidad, y tu humildad, y tu plenitud, y tu entereza. Con razón, pues, todos te bendicen, por aquel bendito Fruto, fruto de vida, o mejor, vida de la vida que derramando la esencia de sus dulzuras llena de olor suavísimo todo el paraíso y alegra a sus moradores. Por la fragancia de estos perfumes el hombre corre en busca de la patria dichosa, y el ángel se baña en las venas del gozo purísimo (S. Bernardo).

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Noticias Cristianas

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