Meditación

13 de febrero

Ss. Agabo, pf; Esteban, Gilberto, Lúcimo, Pedro, obs; Polieuto, Juliana, Julián, Benigno, Fusca y Maura, mrs; Veremundo, Esteban, abs; Martiniano, mj; Hermenegilda, ab; Acepsimas, er; Cástor, cf; Volusiano, Policeto, de. y mr; Gregorio II, p, Ermenilda, ra; B. Jordán de Sajonia, dom; Cristina d’Spoleto, v. ag; Inés de Benigánim, ag. descalza.

Introito

Reina poderosísima; que nada, ¡oh Santísima Virgen! resiste a tu poder, porque tu Criador, que también lo es de todos, tomándote a ti que eres su Madre, estima como suya tu gloria (5. Gregario de Nicomedia).

Mar. Como ninguno puede contar las gotas de agua del mar, así ninguno puede explicar la excelencia de la gracia y gloria de María (Dionisia Cartujano).

Astro clarísimo que vence a todos con su hermosura, como resplan­dece la luna en noche serena, como brilla el sol en claro día (Secuencia litúrgica antigua).

Por lo que se refiere a la decisión de María a favor de la virginidad nos damos cuenta mejor que se debe a la acción del Espíritu Santo si consideramos que en la tradición de la Antigua Alianza, en la que ella vivió y se educó, la aspiración de las «hijas de Israel», incluso por lo que se refiere al culto y a la Ley de Dios, se ponía más bien en el sentido de la maternidad, de forma que la virginidad no era un ideal abrazado e incluso ni siquiera apreciado (Juan Pablo IV.

Meditación: A LA HORA DE LA MUERTE, NO QUEDA TIEMPO DE REMEDIAR EL ERROR

A la hora de la muerte ya no les queda tiempo a los moribundos para remediar los desórdenes de la vida pasada; y esto sucede por dos razones: 1ª Porque este tiempo es muy breve; pues, además de que en los días en que comienza y se agrava la enfermedad, no se piensa en otra cosa que en los médicos, en los remedios y en el testamento, los parientes, los amigos y hasta los médicos, no hacen entonces otra cosa que engañar al enfermo, dándole esperanzas de que no morirá de aquella enfermedad. Por esto el enfermo, alucinado por ellos, no se persuade de que la muerte está próxima. ¿Cuándo pues, comenzará a creer que se muere? Cuando comienza a morirse. Y esta es la segunda razón de que aquel tiempo no es apto para mirar por el alma. Porque entonces está tan enferma ésta como el cuerpo. Los afanes, el trastorno de la cabeza, las vanas conversaciones, asaltan de tal modo al enfermo, que le inhabilitan para detestar verdadera y sinceramente los pecados cometidos, buscar remedios eficaces contra los desórdenes de la mala vida pasada, y para tranquilizar su conciencia. La sola noticia de que se muere, le aterra tanto, que le trastorna enteramente.

Cuando uno padece un fuerte dolor de cabeza, que le ha impedido el sueño dos o tres noches, no puede dictar una carta de ceremonia; ¿cómo ha de poder arreglar a la hora de la muerte una conciencia embrollada, con tantas ofensas cometidas contra Dios por el espacio de treinta o cuarenta años, un enfermo que no siente ni comprende, y tiene una confusión de ideas que le espantan? Entonces se verificará lo que dice el Evangelio: Viene la noche de la muerte cuando nadie puede hacer nada: (Jn 9, 4). Entonces sentirá que le dicen interiormente: No quiero que en adelante cuides de mi hacienda: (Lc16, 2). Esto es: ya no puedes cuidar de tu alma, cuya administración se te confió.

Solemos decir de algunos, que llevaron mala vida; pero que después hicieron una buena muerte arrepintiéndose y detestando sus pecados. Pero S. Agustín dice, que a los moribundos no les mueve el dolor de los pecados cometidos, sino el miedo de la muerte. Y el mismo santo añade: que el moribundo no teme al pecado, sino al fuego del Infierno. Y en efecto; ¿aborrecerá a la hora de la muerte aquellos mismos objetos que tanto amó hasta entonces? Quizá los amará más; porque los objetos amados, solemos amarlos más cuando tememos perderlos. El famoso maestro de S. Bruno murió dando señales de penitencia; pero después, estando en el ataúd, dijo que se había condenado. Si hasta los santos se quejan de que tienen la cabeza tan débil a la hora de la muerte, que no pueden pensar en Dios ni hacer oración, ¿cómo podrá hacerla el que no la hizo en toda su vida? Sin embargo, si los oímos hablar nos inclinamos a creer, que tienen un verdadero dolor de los pecados de su vida pasada; es difícil, empero, que le tengan. El demonio, por medio de sus ilusiones, puede aparentar en ellos un verdadero dolor o el deseo de tenerle, mas suele engañamos. Hasta de un corazón empedernido pueden salir las expresiones siguientes: Yo me arrepiento; tengo dolor; siento con todo mi corazón, y otras semejantes (Sal. 103, 12). A veces se confiesan, hacen actos de contrición, y reciben todos los sacramentos. Sin embargo, yo pregunto si se han salvado por esto. Dios sabe cómo se hicieron aquellas confesiones, y cómo se recibieron aquellos sacramentos. Ha muerto muy resignado, suele decirse. Y ¿qué quiere decir que ha muerto resignado? También parece que va resignado a la muerte el reo que camina al suplicio. Y ¿por qué? Porque no puede escapar de entre los alguaciles y soldados que le conducen maniatado.

¡Momento terrible, del cual depende la eternidad! Este es el que hacía temblar a los santos a la hora de la muerte, y les obligaba a exclamar: ¡Oh Dios mío! ¿En dónde estaré de aquí a pocas horas? Porque, como escribe S. Gregario, hasta el alma del justo se turba a veces con el terror del castigo. ¿Qué será, pues, de la persona que hizo poco caso de Dios, cuando vea que se prepara el suplicio en el cual debe ser sacrificado? Verá el impío con sus propios ojos la ruina de su alma, y beberá el furor del Todopoderoso, esto es, comenzará desde este momento a experimentar la cólera divina. El Viático que deberá recibir, la Extremaunción que se le administrará, el Crucifijo que le pondrán en las manos, las oraciones o recomendación del alma que recitará el sacerdote, serán el suplicio preparado por la justicia divina. Cuando el moribundo vea este lúgubre aparato, un sudor frío correrá por sus miembros, y no podrá ni hablar, ni moverse, ni respirar. Sentirá que se acerca más y más el momento fatal; verá su alma manchada con los pecados; el juez que le espera, y el Infierno que se abre bajo sus plantas. Y en medio de estas tinieblas y de esta turbación, se hundirá en el abismo de la eternidad.

Oración

¡Oh Virgen purísima, Madre de Dios, Reina de todo lo criado, levantada sobre todos los cortesanos del cielo, y más resplandeciente y pura que los rayos del sol! Vos sois más gloriosa que los querubines, y más santa que los serafines, y sin comparación más sublime y aventajada que todos los ejércitos del cielo. Vos soisla esperanza de los patriarcas, la gloria de los profetas, la alabanza de los apóstoles, honra de los mártires, alegría de los santos, ornamento de las sagradas jerarquías, corona de las vírgenes, inaccesible por vuestra inmensa claridad, princesa y guía de todos, y doncella sacratísima; por Vos somos reconciliados a Cristo mi Señor. Guardadme debajo de vuestras alas, apiadaos de mí que estoy sucio con mis pasiones y manchado con los innumerables males que he cometido contra mi Juez y Criador. No se gloríe Satanás, ni el maligno enemigo prevalezca contra mí viéndome desamparado de Vos. No tengo otra confianza sino en Vos, que sois el áncora de mi esperanza y el puerto de mi salud y socorro oportuno en la tribulación. Llenad mi boca de la dulzura de vuestra gracia, alumbrad mi ánima, pues sois llena de gracia, moved mi lengua y mis labios en vuestros loores, para que muchas veces os repita aquella salutación con que os saludó el arcángel san Gabriel (S. Efrén).

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Noticias Cristianas

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