Meditación

29 de enero

s. Gelasio II p; Valero, Sulpicio, Severo, Protamión, Constando obs; Papías, Sarbelio y Bárbea, Bebaya, Seustio, Mauro mrs; Radegunda v; Cesáreo (César) de; B. Manuel Domingo y Sol fdr.

Introito

Oh pecador, oh pecadora, aunque hubieses cometido todo género de pecados, todos los que se pueden cometer y excogitar y han cometido todos los hombres y mujeres del mundo; aunque tus culpas excediesen en número a las estrellas del cielo, y a las arenas del mar; aunque fuesen más que las hojas de los árboles y las hierbas de los campos; no te oprima el peso de la desesperación, antes acógete a la santísima Virgen, y tu maldad se te perdonará, no de otra suerte que la niebla se disipa luego que la hieren los rayos del sol (Bernardíno de Bustos).

¡Oh Reina de misericordia, a ti acude mi alma cubierta de heridas y de llagas; no me deseches por ellas, sino ten piedad de mí, y préstame tu socorro! No pido bienes de la tierra; pido la gracia de Dios y el amor de tu Hijo. Y si es obligación tuya interceder por los pecadores, desempeña conmigo el car­ go (S. Alfonso María de Lígorío).

 

Meditación: CÁLZATE LAS SANDALIAS

No se habla de zapatos en las conversaciones distinguidas. Es descortés; hasta grosero; es una falta de educación, como suele decirse.

Señor, ya que nadie nos ve y que estamos juntos, ya que no estamos en una reunión mundana, quiero probar la experiencia, y voy a meditar, voy a hacer oración acerca de mi zapato.

No me contará cosas extraordinarias. No tiene ninguna revelación sensacional que hacerme. Pero, al mirarlo, parece que unas verdades muy sencillas toman para mí el aspecto de reminiscencias largo tiempo olvidadas. Juan Bautista, al anunciaros a las multitudes como el Salvador, hablaba de vuestro calzado, Señor, sí, del vuestro, del cual no se creía digno de desatar las correas; y era el Espíritu Santo quien le inspiraba tales frases proféticas. Desatar el lazo del calzado; yo hago esto cada día, Dios mío, sin pensar que en este humilde gesto hay reflejos de evangelio y el recuerdo de vuestra venida.

¡Los zapatos! Pero cuando Moisés guardaba, en los Madianitas, los rebaños de su suegro y quiso acercarse a aquella extraña zarza que ardía sin consumirse, Dios mismo nos dice la Escritura, le mandó descalzarse, porque el suelo que pisaba era tierra sagrada. Dios se ocupa del calzado; ¡y mis desdenes de mal poeta me prohibían tomarlo como tema de mi oración!

Cuando en la cárcel de Herodes, en Jerusalén vuestro apóstol Pedro, atado por dos cadenas fue despertado bruscamente por aquel ángel que le dio un golpe en el costado debió quedar algo extrañado sin duda, al oír que el mensajero ce­ leste le mandaba, en nombre de Dios, ponerse así, buena­ mente, el calzado, y cuando enviasteis a los discípulos por todo los caminos de Palestina reglasteis su equipo y hablas­ teis del calzado.

¿Por qué le tendré yo apartado de mis oraciones? Todos los temas abstractos que esgrimo ¿tienen la simple elocuencia de un zapato que ha viajado conmigo, que se ha gastado conmigo, por mí, y que me ha sido dado por vuestra Providencia? Ya que viene de Vos, puede seros ofrecido. Yo os lo ofrezco, Señor, pensando en los millares de hermanos míos que en todos los caminos de la tierra, sobre la arena, las ro­ cas, marchan a pie desnudo; pensando en estos millares de peregrinos que antaño, para obtener el perdón, hacían voto de ir descalzos y bordón en mano hasta los lejanos santuarios. El Viernes Santo, en la adoración de la cruz, los oficiantes se quitan los zapatos antes de prosternarse para besar las heridas del Redentor. Me acuerdo de aquel himno medieval en el que se habla de la Madre del Verbo encarnado, como de la escala por la que Dios mismo ha bajado «después de haberse puesto el calzado» tan dura y tan ruda que se anunciaba la ruta que debía recorrer en la tierra.

En la antigua Iglesia, personajes muy religiosos disputaron abundantemente a propósito de calzado y Órdenes venerables se dividieron porque algunos querían permanecer calzados y otros querían ser descalzos. Fueron largas querellas por cosas bien humildes. Mi calzado no me inspirará esta tarde, Señor, más que reconocimiento, y dulcemente, de todo corazón, en recuerdo vuestro, lo besaré como una reliquia.

Oración

Si Dios por su Hijo preservó del pecado a los ángeles, tú, María, flor de pureza, salvas del pecado por tu Hijo a los desventurados hijos de Eva. Si el Hijo de Dios es la bienaventuranza de los justos, de ti es Hijo, ¡oh la más alta joya de entre las madres! el que es reconciliación del humano linaje, su libertador y su reparador. No hay reconciliación sino en Aquel que tú concebiste en tu casto seno, no hay justificación sino en Aquel que por nueve meses guardaste en tus entrañas; no hay salud sino en Aquel que tú, quedando virgen, pariste y colocaste en un pesebre. Así, pues, ¡Oh Señora! nadie dirá que no seas madre de justificación y de los justificados, engendradora de la reconciliación y de los reconciliados, dadora de la salud verdadera y substancial y de sus efectos en las almas. ¡Oh qué esperanzas despierta esto en nuestros pechos! ¡Cuán seguro asilo nos ofrece! ¿Cómo pensar sin enternecerse que la Madre de Dios es también madre nuestra; que la Madre de Aquel en quien esperamos y a quien es justo que temamos es madre de cada uno de nosotros; y en fin, que la Madre de Aquel que sólo puede salvar y puede condenar, es nuestra mayor allegada? (S. Anselmo).

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Noticias Cristianas

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