Meditación

… para el mes de Noviembre

Entrada

Madre tierna y solícita en buscar nuestras penas para aliviarlas, y los vicios de nuestra terrena condición para remediarlos (León XIII).
Augustísimo y santísimo tabernáculo (S. Metodio).
Ruina de la muerte, venero de vida, amor y clemencia suma (Misal antiguo cluniacense).
Inconmovible resguardo de la Iglesia, firmísimo fundamento de la fe, palabra elocuentísima y perenne de los apóstoles (Himno griego).
Amparo para el hombre, tan poderoso y excelente, que la eficacia de su intervención tiene en nuestro favor eficacia mayor y la más alta delante del trono de Dios que juntos todos los ángeles y santos del cielo (León XIII).
María amó a Dios con toda su alma. Con todas las potencias…, con toda la vida del alma… Su entendimiento, no se ocupó en otra cosa que no fuera Dios o la llevara a Dios… Su memoria, recordaba, sin cesar, y la ponía delante, los beneficios y gracias que del Señor había recibido… que no aspiraba si no a cumplir, en todo, la voluntad de Dios y someterse a ella, humildemente y también alegremente… En eso ponía Ella todas sus complacencias únicamente en el cumplimiento de la voluntad de Dios, eso es en verdad amarle con toda su alma. Por eso, María pudo un día expresar, con sus purísimos labios, lo que sentía en su corazón… y no encontró otra expresión mejor que ésta: «Mi alma alaba y engrandece al Señor»..; porque verdaderamente, que amaba con toda su alma a Dios (P. Rodríguez Villar).

Meditación

¿QUÉ ES MORIR?

Morir es deshacer el nudo estrecho que une el alma con el cuerpo; morir es como una separación del hombre; en el momento de la muerte, el cuerpo cae a la tierra de la que está formado, mientras el alma vuela hacia Dios, su Padre y Creador.
Morir es salir de este mundo para siempre, y despedirnos de todas las cosas que fueron agradables a nuestro corazón.
Adiós a nuestros padres, hermanos, parientes, amigos; adiós a toda la sociedad humana. «Ya no veré más hombres» decía Ezequías, pensando que se moría.
Adiós a la casa, a los muebles, a la hacienda, a los libros, a los instrumentos o herramientas de trabajo, a los juegos y diversiones, a los proyectos y negocios, a la fama y a la influencia, a la gloria conquistada con tantos afanes…
Adiós, no solamente a todo lo que no es Dios y yo, sino a la mitad de mí mismo; adiós a mi pobre cuerpo que habré de dejar como se deja un vestido inútil.
«Sal de este mundo», me dirá la Iglesia, a la hora de la muerte; sal de este mundo, alma cristiana, y vete sola, que Dios te llama, para juzgar tus obras.
¡Las obras! He aquí el único bagage que te llevarás a la eternidad.
¡Oh! ¡Bienaventurados los inocentes y limpios de corazón, a la hora de la muerte; bienaventurados los que hayan llorados sus culpas con lágrimas de penitencia; bienaventurados los pobres de espíritu, desprendidos de las vanidades mundanas, que encandilan y deslumbran mientras vivimos, y a la hora de la muerte desconsuelan y atormentan.
La muerte es el viaje del alma a la eternidad.; viaje de un emigrante que no regresará más; «El hombre irá a la casa de su eternidad», dice el Espíritu Santo; es decir, de la que él quiera; de la que cada uno tenga merecida con sus obras, buenas o malas.
El hombre justo, que muere en gracia de Dios, podrá decir como el Santo Profeta: «Me han llenado de alegría las noticias que me han dado; iré a la casa del Señor». La muerte de los Santos es preciosa. « Preciosa, dice S. Bernardo, porque es el fin de los trabajos, la consumación de la victoria y la puerta de la vida! ¡Oh, cuan dichosamente dice S. Pedro Damián, termina la vida temporal, aquel que, muriendo comienza a vivir para siempre! Por esto la Santa Iglesia, llama al día de la muerte de los Santos, el natalicio, porque entonces nacen al cielo, cuando parece que mueren a la tierra; y entonces comienzan a vivir de verdad, cuando terminan esta vida mortal. La casa del justo en la eternidad es el cielo.
Si quieres una santa muerte, hazte digno con una vida santa; y si no te quieres exponer a una mala muerte, huye del pecado, porque la muerte del pecador es pésima. «¡Ay de vosotros desventurados, los que rechazáis la ley de Dios Altísimo!» El alma del pecador, a la hora de la muerte, está llena de angustias y dolores; el mundo, el único dios de su corazón, desaparece y le abandona; todas las iniquidades y miserias de su vida se le ponen delante; y tanto si quiere como si no, tendrá que reconocer que sus obras son malas; dignas, por tanto, del fuego eterno. La casa del pecador, en la eternidad es el infierno. Y en el infierno no hay esperanza de redención.
Ahora, mientras tenemos tiempo, hagamos obras buenas, que todo se lo llevará la muerte, menos la virtud.
Preparémonos para bien morir; que nadie recibe la muerte con alegría, sino aquel que, en vida, se ha preparado para la muerte, como un peregrino que pasa por este mundo buscando la ciudad santa del cielo, que Dios nos dará, si nosotros somos fieles en cumplir su voluntad amorosamente.

Oración

Tú eres, Santísima Virgen, un soberano consuelo que Dios me envía, un divino rocío que templa los ardores de mi existencia, venero de divinas agua que viene del cielo sobre mí para apagar la sed del corazón, una antorcha brillantísima que Dios ha encendido en el desierto de mi vida, una mano que aparta del alma las tinieblas que la envolvían, que la sostiene si cae, que la enjuga las lágrimas si llora, que la consuela si está en pesadumbres, que la advierte si se aboca a un peligro, y que la sana con celeste bálsamo cuantas heridas recibe. ¡Oh, apiádate de mis dolores y congojas, y del llanto inconsolable en que me tienen! Abre las entrañas de tu misericordia, y pon tregua a tanto y tan duro quebranto que pesa sobre mi triste condición (S. Germán).

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Jaime Solá Grané

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