Meditación

… para el mes de Octubre

Introito

María, madre del temor, es decir, de aquel que en su alma abriga el santo temor reverencial (S. Antonino).
Ameno campo que cubrió y fecundó la bendición del Muy Alto, pues produjo tan rico y misterioso fruto (S. Buenaventura).
Rosa opulentísima, que no conoció espina ni culpa (Alano de Ínsula).
Imagen que descubre la majestad y sabiduría divina más que todas las otras juntas (Isidoro de Tesalónica).
Altísima emperatriz del orbe, que concibió y alumbró vestido de nuestra carne al sumo y único Rey de reyes (S. José el Himnógrafo).
Síntesis del Evangelio. El santo Rosario nos ofrece un resumen del Evangelio y nos conduce, de modo fácil y accesible a todos, a la oración del corazón (Juan Pablo II).

Meditación

Ese desconocido

Es muy triste comprobar el vacío que se opera en torno nuestro al envejecer.
Pobre engañado, te parece que eres siempre el mismo, que siempre trabajas, que siempre amas, que siempre eres bueno!…
Ves cómo disminuyen, hora por hora, tus facultades, tus relaciones y las amistades en que tanto confiabas.
Pero esta disminución es real y efectiva… Es un obstáculo a lo que se llama el bien general. Ya no puedes contribuir a él; ese bien general exige que desaparezcas…
No se te dirá: Retírate, pero se alejarán sencillamente de ti, y te quedarás solo.
Sí, sí; anticípate a este abandono, pues te sería muy triste y doloroso, si te fuera impuesto.
Y así, sin ruido, procura desaparecer poco a poco.
Busca un abrigo, en el cual vivirás feliz, en la presencia divina, que dejará llegar a ti la imagen sonriente y maternal de la Santísima Virgen y la mirada protectora de Jesucristo. Conserva a Dios en ti, contigo y en torno tuyo.
Él no te abandonará jamás…
Él sabe lo que pide tu corazón amante: Un amigo íntimo. Te lo enviará en las horas en que te pese la soledad, y esta amistad te será bienhechora.
Él sabe lo que pide tu inteligencia: Algunas páginas que te alienten, te fortalezcan, te iluminen y calienten, te hablen del cielo. Él las pondrá al alcance de tu mano…
Él, el Dios misericordioso, te ofrecerá también la ocasión de ser bueno, para que no se seque tu pobre corazón. Y el pobre se acercará a ti, el olvidado se acercará a ti, y mejor que otras veces, sabrás consolar, alegrar, tranquilizar, conducir a Dios. El corazón es de la naturaleza de esos aromas tanto más fuertes cuanto más machacada ha sido la planta de que proceden.
Ve, pues, pobre alma; no digas adiós a nadie, pero retírate sin ruido, porque pronto te verás olvidada, y refúgiate junto a Dios. Dios, la belleza, la bondad, la abnegación, ¿no es todo esto en la tierra el aprendizaje del cielo?
“He conocido la soledad, jamás el abandono.
Y siempre se ha presentado, en las vías más apartadas, a caminar conmigo, un desconocido, de una bondad sin límites.
Juntos caminábamos,
Juntos trabajábamos,
Juntos platicábamos al amor de la lumbre.
Revelábase él como otro yo.
En los días luminosos compartid mi alegría.
En los tristes, me confortaba.
Y cuando llegaban las horas en que la palabra misma se calla ante la profundidad del disgusto, se contentaba con llorar conmigo”
Ese desconocido que nunca nos deja en el abandono, y que se muestra a nosotros, sois Vos, Jesús mío, Jesús Sacramentado.
Vos venís a mí por esa comunión que de Vos y de mí, durante algunos minutos, no hace más que un solo ser.
Vos quedáis en mí, merced a las luces que habéis irradiado en mí, las cuales me muestran lo que debo hacer;
Merced al calor divino que me comunicáis y que me lleva al deber;
Merced a la fortaleza que habéis infundido en mí, y que me permite soportar las penas de la vida y luchar contra todo lo que se oponga a mi deber.

Oración

Tu admirable pureza, Virgen Santísima, sobrepuja la de todas las vírgenes, pues la realzaste a un orden mucho más alto, juntándola a la aureola de madre. Tu actividad supera a la de todos los confesores, pues no suman sus maravillas juntas con las que tú obraste en portentos, en obras de misericordia, en arroyos de piedad que derramaste. A los triunfos de los mártires vencen los tuyos, pues ni halago mundanal, ni blanda palabra seductora, ni viveza de tormento, ni crudeza de dolor alguno pudo nunca doblar de una línea la constancia de tu alma. Mayor que la de los apóstoles fue tu excelentísima santidad, pues ni en amor a Dios, ni en querer bien al prójimo, ni en penetrar los divinos misterios de Cristo, ni en adorar las disposiciones del Muy Alto, ni en gustar de la gloria celeste pudieron nunca parecerse a ti (S. Ildefonso).

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Jaime Solá Grané

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