Meditación

… para el mes de Octubre

Entrada

María, manantial de misericordia, esperanza de cuantos esperan, espléndido tabernáculo de la encarnación (Menologio griego).
Áureo relicario, en el cual fue puesta aquella divina perla contada por los profetas, Cristo Jesús, comunicándole tal belleza que es asombro de los cielos (Ricardo de S. Lorenzo).
Rosa primaveral que, si bien brotó en nuestro desierto, llegó a cautivar los ojos y el corazón de Dios, el cual no tiene otra más vistosa en sus huertos (Sto. Tomás de Villanueva).
Imitación del eterno reposo (Jacobo Mje.)
Acuérdome cuando el ángel dijo a la Virgen sacratísima Señora nuestra: La virtud del muy Alto os hará sombra. ¡Qué amparada se debe ver un alma cuando el Señor la pone en esta grandeza! Con razón se puede asentar y asegurar (Sta. Teresa de Jesús).
Abismo del cual vieron los ángeles atónitos salir al Sol verdadero que ilumina todos los hemisferios (Anastasio Sinaita).
Rosa de alegría, que al cielo y a la tierra alegra y viste de gala (Bernardino de Bustos).
En la recitación del santo Rosario no se trata tanto de repetir fórmulas cuanto, más bien, de entrar en coloquio confidencial con María, de hablarle, de manifestarle las esperanzas, confiarle las penas, abrirle el corazón, declararle la propia disponibilidad para aceptar los designios de Dios, prometerle fidelidad en toda circunstancia, sobre todo en las más difíciles y dolorosas, seguros de su protección (Juan Pablo II).

Meditación

Arraigado en Él

Debería ser yo como la raíz que se dirige hacia el centro de la tierra, ocultándose para mejor servir y nutrir, atraída por la fuerza misteriosa que constituye su ley, y aferrándose con tanto más vigor cuanto más tiempo hace que avanza.
Así debería ser yo, tratando de echar raíces, más y más hondas cada día, en las profundidades de Dios, sumergiéndome en la Verdad y en la Justicia, adhiriéndome más y más con todas mis acciones y con todos mis deseos, sin desfallecimiento ni vacilación al Eterno que me nutre.
Porque el suelo en que me hallo es capaz de hacerme vivir. La raíz no escoge el lugar, sino que lo utiliza. Es la misma planta, en profundidad. El suelo en que la Providencia me ha colocado está lleno de jugos que ignoro o desdeño y rehuso echar raíces en las ocupaciones desagradables, en un medio arenoso y árido, en un deber austero y pedregoso; todavía no he aprendido el arte de adherirme a las asperezas de la roca, y de llegar a hacer florecer entre las ruinas y brotar en cualquier parte, entre las grietas hostiles, la docilidad conquistadora y el amor humilde.
Nos entregamos provisionalmente a nuestras tareas, como una raíz que se arrastra por la superficie sin pretender adherirse; pero no nos atrevemos a introducirnos en el suelo, y sin embargo, ese hundimiento decisivo sería el que daría toda la fuerza a nuestra acción visible, y nos fijaría in ipso, en él. No queremos colocar nuestra estabilidad, nuestro progreso, nuestro porvenir, nuestra felicidad, nuestro ser, únicamente en Dios, y porque nos reservamos algo, languidecemos.
La grama brota al borde de los caminos, y el azafrán a través de la tierra casi helada, y los nenúfares en los estanques cenagosos, y las digitales en los sotos…, cada planta ocupa su rincón de tierra, y se aprovecha de lo que allí encuentra.
Allí en donde la Providencia nos haya colocado es donde debemos vivir. Estamos arraigados en una inmensa bondad inteligente, y la gracia de Cristo subirá en nosotros por todos los canales de nuestros deseos.
Si la raíz se hunde y se entierra, es porque tiene hambre, y debe buscar lo que le falta, so pena de morir con todo lo que soporta. Me parece que no he comprendido aún que todo cuanto me rodea es un medio para unirme a ti, y que puedo crecer cada día, ahondando más y más en la Verdad.
Tengo que emprender en serio esta larga educación por las raíces, y si tú no te hubieras ocupado en ello, no hubiéramos hecho progreso alguno. Ser justo, ser sincero, ser bueno, aun cuando nadie nos vea; preocuparse mucho por el pensamiento secreto que es el que nos arrastra, y cuya vulgaridad es a veces tan culpable, preocuparse no tanto de la planta que se ve, y que es efímera, como de la planta subterránea, principio y regeneración de la otra.
Los sucesos pueden transportarme de un país a otro, arrojarme fuera de mis ocupaciones habituales, hacerme vivir en una atmósfera asfixiante o glacial, hasta marchitar toda mi existencia exterior; pero la raíz eterna es la fe indeficiente, y la caridad, principio de las verdaderas virtudes; y esa raíz, Dios mío, es la que te pido que protejas, porque es tierna y débil.
A ti solo recomiendo el cuidado de resguardarme y de hacerme crecer. De ti únicamente es de quien espero la gracia de poder arraigarme en mi medio providencial, de alimentarme con mi deber, aunque áspero y rudo de aspecto. Porque si permanezco en el suelo hasta el fin, si mi fe y mi amor no se dejan arrancar, sabré que fui plantado por la mano del Padre todopoderoso.
Y cuando tenga necesidad de más energía, de más resignación, de más dulzura y de una paciencia más vigorosa, me acordaré que adentrándome todavía más en ti, dependiendo más estrechamente de ti, es como podré adquirir todos esos acrecentamientos. Entre el suelo y la planta son incesantes los intercambios. Tú recibirás mi indigencia, y yo tomaré tu fuerza, y para revestirme de gloria como Salomón, me bastaría con asemejarme a los lirios de Galilea que brotan de sus bulbos ocultos en tierra.

Oración

Como es un imposible, ¡oh gran Señora! que des al olvido los altos méritos que a ti tanto te adornan y a nosotros nos infunden tanta esperanza, así lo es que no abras oídos de mansedumbre a los servidores que te llaman. Y bien sabe el mundo, y lo recuerdo particularmente yo pecador en el mundo, que vino a darnos salud y a levantar al caído el Hijo del hombre, el cual era Dios y hombre, y no por obra del hombre. ¿Cómo, pues, en odio a mí, podrías tú sola olvidar lo que todo el mundo tiene tan presente, que con tanta misericordia fue intimado, con tanta dicha divulgado, y con tal amor y lágrimas de gozo recibido? Aquel Hijo bueno, movido sólo de su amor, bajó a salvar lo perecido, y ¿cabe ni aun pensar que la Madre buena desoiga los clamores de quien la invoca? Él vino a buscar al pecador, ¿y podrá ella rechazar al pecador que se arrepiente? ¡Oh! no, ciertamente, y lleno de tan dulce esperanza vengo a postrarme a tus pies (S. Anselmo).

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Jaime Solá Grané

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