Meditación del día

,… para el mes de Junio

Entrada

María, resplandeciente luna que alumbra nuestras tinieblas; lucero de la mañana que nos anuncia el día eterno de nuestra felicidad; norte que guía a los que navegan por el mar tempestuoso de este siglo. Sin esta estrella del mar, todo es tinieblas; sin esta luz, todo es bajíos; sin este astro, todo es tempestades; mirando a María y mirándonos María, descubrimos los rumbos, alcanzamos las alturas y sabemos a dónde hemos de enderezar la proa y tender las velas para llegar seguros al puerto de la bienaventuranza (Ribadeneira).
Amoroso consuelo de pecadores. Emperatriz y Señora de los bienaventurados (Inocencio III).
Misterioso y celestial paraíso; pues el lugar donde primero vio y gozó algún hombre la esencia divina, fue el vientre virginal de Nuestra Señora. ¡Oh cielo en la tierra! ¡oh paraíso abreviado! que en Vos vio de nuestro Salvador (según que hombre) el alma santísima a Dios, y fue bienaventurada desde el instante de su creación, gozando de Dios por gloria, cuál la tiene y siempre la tuvo viviendo en esta vida mortal, sin crecer ni disminuir cosa alguna (Bto. Alonso de Orozco).
Agraciada y hermosa por extremo Esposa de Dios, y llena de mil beldades. Todas las cosas criadas por el Verbo tienen su belleza y gala, pero ninguna como ella (P. Ramón).
Resplandeciente estrella del mar, Esposa querida de Cristo (Misal Rom. Germ. antiguo).
Intercesora entre nosotros y Dios (Bto. Alonso de Orozco).
Me enseñas a esperar mayores mercedes, ¡oh María! cuando no cesas de concederme más de lo que merezco (San Idelberto).
Agradable heredad y morada divina, en quien tuvo el Altísimo el descanso del séptimo día que no tuvo en las criaturas (S. Bernardo).

Meditación:

Para ser amable

¿Qué es, lo que hace amable?
¿Es la belleza? No; una persona solamente bella, será atractiva sin duda, pero… por poco tiempo; y por poco que, bajo esta envoltura embelesadora, descubra un corazón duro, un alma suspicaz o vanidosa, me alejaré de ella. Es preciso otra cosa para cautivar el corazón.
¿Es el tocado elegante? No; aquí habrá todavía un hechizo para la vista, si la moda es sencilla, reciente, de buen gusto; pero si entreveo la intención de agradar y de arrancarme un elogio adulador, el hechizo durará poco. Es preciso algo más para atraer el corazón.
¿Es la ciencia? No. Si está solamente, y sobre todo, si está encerrada en una inteligencia orgullosa, pedante, desdeñosa, me repugnará en lugar de atraerme… porque me avergonzará de mi ignorancia. Es preciso algo más que ciencia para subyugar al corazón.
¿Es la virtud en general? No; mucho menos si no ha sabido, como le recomienda San Pablo, hacerse toda para todos.
Sin duda que es imposible sin la virtud ser por largo tiempo perfectamente amable, pero no podremos deducir de aquí que la virtud es amable bajo cualquier forma que se presente.
Si la persona que vive conmigo tiene necesidad de que le diga a cada instante:
“No seas tan inflexible, muéstrate más compasivo; sé más dulce, más tolerante con mis pobres defectos, que me esfuerzo mucho en corregir, pero que siempre renacen; no seas tan perspicaz para descubrir el mal que hago y hacerme sentir que soy menos virtuoso que tú…” esa persona jamás me atraerá hacia ella ni hacia Dios. Es preciso algo más para someter el corazón.
He aquí la persona amable a la cual quiero asemejarme:
Procura adivinar mis gustos, mis intenciones, mis deseos, mis repugnancias, y parecerse a mí.
Si mi voluntad no es dirigida por la recta razón, sonríe suavemente y espera con calma un segundo deseo que se modifica siempre bajo su dulce influencia.
Nunca me habla bruscamente; su tono no es imperioso; sus palabras no me hieren, su respuesta no es punzante.
Nunca me contradice directamente; jamás la sonrisa de la burla viene a hacerme comprender que he dicho una necedad o cometido una ligereza.
Procura complacerme con su desvelo y solicitud más que con las palabras; repara sin que yo lo advierta mis olvidos, mis faltas, mis negligencias.
Pone orden en todas partes; es para lo que me rodea, lo que la primavera es para la naturaleza; es para mi corazón, lo que el aroma y el dulce calor es para mis sentidos.
Me soporta sin dejármelo entrever; me hace creer, no que sea perfecto, sino que voy siéndolo.
¿Cómo no amar tal persona? No solamente embellece mi existencia, sino que rectifica mi natural, modela mi corazón y viene en ayuda de la gracia para santificar mi vida.
Y si en lo interior de mi alma procuro disipar lo que le da su amabilidad, descubro:
La bondad, que la hace previsora; el amor al deber, que la hace desinteresada;
La piedad, que le impide desfallecer y le da la discreción;
La caridad de Jesucristo, que la induce a amar siempre.

Oración

No hay criatura, ¡oh mujer la más excelente! que pueda contigo igualarse, porque a todas sobrepujas en gracia y perfección. Por esto mi alma corre en pos de las hijas del rey, para unirse a ellas y seguir tras el olor de tus pasos y la luz de tu bendito rostro. El corazón quiere salir del pecho ansiando derretirse en tus alabanzas y desfallecer de amor en tus maternales brazos. Todas mis entrañas y mis potencias y sentidos se estremecen cada vez que recuerdo tu gloria y tu grandeza, y no sabiendo ya cómo decirte el deliquio que por ti les arroba, siguen paso a paso las joyas de tus virtudes para devolvértelas como regalo y prenda de su amor (S. Anselmo).

About the author

Jaime Solá Grané

A %d blogueros les gusta esto: