Meditación del día

… para el mes de Junio

Entrada

Modelo de pureza, que ha llenado el mundo de vírgenes y continentes, y de esta soberana planta han salido tantos pimpollos cuantos han guardado virginidad (S. Juan Damasceno).
María, Virgen la mayor, es nuestro sol. El sol jamás pierde de su luz. María Madre de Dios jamás padeció tinieblas de pecado, no supo qué cosa era noche de culpa: toda fue clara. Gratia plena, le dice el Ángel, toda llena de gracias, toda de resplandor, de méritos, de santidad, transparente, lúcida. Mullier amicta sole. Vi una mujer vestida del sol, cubierta de resplandores, cercada de rayos puros y lumbrosos. Es el sol, es la mayor lumbrera; nunca pasó de pecado a gracia. Esta alumbra y gobierna el día, a los hijos de la luz, a los que sirven al Hijo y a esta Señora, y gran Señora, y nuestra Señora, y Madre suya. (Fr. Pedro Malón de Chaide).

Meditación

EL ESPÍRITU SANTO GUÍA DEL ALMA

¡Oh Espíritu Divino!, Vos me tomáis por la mano para conducirme directamente hacia Dios. Yo quiero ser dócil, quiero olvidarme de mí mismo y abandonarme a vuestra dirección, que en eso estriba para mí la suprema sabiduría.
El viajero ignorante del mapa del país por que camino no se fía de sus propias luces y busca seguro guía. y ¿qué sé yo del país de la santidad? ¡Si todo me es extraño, habitantes, leyes, costumbres, condiciones de vida y hasta el lenguaje que se habla! ¡Cómo no extraviarme!
Además, tengo mis enemigos que se interesan en engañarme, algunos insinuados en mi intimidad y que son como algo de mí mismo. Todos se coaligan contra mí y no me dejan en paz hasta verme precipitado en el abismo. ¿Cómo sortear tanto lazo? ¡Si el camino fuera ancho y seguido y no sendero angosto, perdido a veces entre lo inaccesible de la montaña y a veces entre el fango de los pantanos! Y a pesar de los pesares, se impone la marcha continua.
Cuánta necesidad tengo de la desconfianza propia y de la unión a mi Guía! Este Guía es el Espíritu Santo, el Paráclito, el Consolador en las tristezas y abatimientos, el sostén en las dificultades del camino, la luz en la noche.
Este Espíritu toma la santificación de las almas como única ocupación suya. ¿Qué le importa la suerte de los imperios, cuando las almas por Él dirigidas llegan a la santidad? Su Providencia gobierna el mundo, dispone de las coronas, da o quita el Poder, según su voluntad y para bien de las almas ¿Por qué las revoluiones, las guerras, las epidemias, las grandes catástrofes sociales? ¿Por qué las persecuciones, la opresión de los países débiles, el triunfo de la brutalidad? ¿Por qué los males públicos, los duelos de las familias, las hecatombes de vidas humanas, las lágrimas maternales?
¡Cuán corta es la vista de la razón humana! Hay almas elegidas, muy numerosas quizá, a quienes purifican y satisfarán estas pruebas. Almas hay que sin tales pruebas nunca se salvarían. El mundo entero no vale ni lo que una sola de estas almas. Para alcanzar un solo acto más de amor de un alma olvidada en cualquier perdida choza, permitiría Dios espantosos trastornos.
¡Oh sabios y poderosos del siglo!, vosotros os creéis los árbitros del mundo y quienes dictáis la paz o la guerra, pero Dios se burla de vuestro poder de un día, sois instrumentos de que Él se vale un instante y luego desaparecéis.
La obra divina llévase a cabo y las almas de buena voluntad se santifican.
Mi Guía no sólo está dedicado a mi alma y dedicado a santificarla, sino que también dispone de todos los medios para conseguirlo. Se reserva para Sí la elección de los más aptos.
Bajo su dirección todos los caminos tórnanse buenos y conducen al término. Le agrada dejar al alma ignorante de sus planes, para conducirla a través de los precipicios y hacerla caminar por escarpadas montañas; llévale a través de tupidos bosques vírgenes, la expone a intemperies atmosféricas y hasta a las dentelladas de las fieras, y a menudo llega Él a ocultarse a su vista.
Con todo, el alma entregada a Dios no pierde el ánimo, porque aprendió a olvidarse a sí y presto, renace la calma, deja de ser quebrado el camino y el Guía divino camina de nuevo a su lado. Quería enseñarle el entregamiento total y el confiarle a Él solo el exclusivo cuidado de la santificación.

Oración

¡Ven, oh gloriosa Reina María! ven y visítanos; ilumina nuestras almas dolientes y danos el vivir santamente. Ven, salud del mundo, a lavar tantas manchas que nos afean, a disipar tantas tinieblas que nos envuelven. Ven, Señora de los pueblos, y apaga esas llamas de concupiscencias que nos abrasan, arrójanos el manto de tu pureza y señala el seguro camino que nos ha de llevar a puerto. Ven a visitar a los enfermos, a fortalecer a los débiles, a dar asiento a los que fluctúan entre mares de dudas. Ven, estrella, luz de los mares, e infúndenos paz, gozo y devoción, ¡Ven oh cetro de reyes poderío de las naciones! y vuelve al seno de la fe, al amor y vida de su unidad, las muchedumbres extraviadas que no conocen lo que conviene a su salud. Ven trayéndonos en tus manos los dones de tu casto eterno Esposo, el Espíritu Santo, para que vivamos por su lumbre y calor, y sean nuestro sustento aquellos frutos eternos que nos han de merecer entrar en la unidad de vida bienaventurada. Amén (De un antiguo Misal de Alemania).

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Jaime Solá Grané

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